relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carol, como la mayor parte de la concurrencia, estaba sumida en la confusión. Se habían escuchado varios disparos, pero como ya hemos dicho, todo había sucedido tan rápido que era difícil hacerse una composición de lugar. Temían salir a la calle, para curiosear, pero el riesgo de recibir un tiro era lo suficientemente grande como para mantenerlos clavados a los cristales del almacén, agolpándose en ellos para mirar al exterior y enterarse qué demonios había sucedido. En su interior, su simpatía hacia el hombre de ojos grises la llevaba a desear que éste hubiese escapado, pero sabía que en la emboscada en la que había caído ningún hombre de este mundo podría escapar. Un Marshall de los Estados Unidos no era una hermanita de la caridad precisamente. Sabía que eran hombres escogidos o entrenados especialmente, hombres que viajaban de aquí a allá siempre buscando situaciones de inmenso peligro, siempre contra los hombres más peligrosos del país. Además, no había estado sólo en esta partida y se había buscado buenos naipes. Carol conocía solamente a Parker, que estaba apostado en el tejado. Si el otro tipo que estaba con él era igual de buen tirador, su hombre de los ojos grises no tendría ninguna posibilidad. Ella lo había visto acertar a un conejo desde casi trescientos metros.

Por fin, se vio a Parker y a los otros correr hacia alguna parte, presas del nerviosismo y la tensión. Gritaban ¡Qué no escape! ¡A él! Y cosas por el estilo. Parecía que el hombre de los ojos grises hubiera ganado el primer asalto. Quizás no es de este mundo, - pensó divertida Carol.

Ella y el resto de la clientela del almacén salieron a la calle, y entonces vieron uno de esos espectáculos de sangre y horror que tanto estimulan el morbo de la gente. Algunos agentes de la ley intentaban apartarlos de la escena, recordándoles que el hombre causante de todo aquello rondaba libre por allí, pero fue en vano. El enano cruel, retorcido y morboso que todos llevamos dentro les empujaba a ver los cadáveres ensangrentados de los tres hombres que habían quedado tendidos al sol, uno atravesado de parte a parte por un disparo de Winchester a bocajarro, colgando grotescamente del alféizar de una ventana rota por la que según decían había huido el criminal, otro sobre la acera, con dos impactos de fuego amigo en la espalda que habían resultado fatales al alcanzarle en los pulmones, anegándoselos en sangre, sangre que también dibujaba extrañas formas en la madera de la acera, y por fin, el que más falsa lástima despertó en el populacho, aquel joven y apuesto Marshall, con su camisa impoluta salpicada con roja certificación de muerte, con gotitas que se oscurecían al sol sobre su insignia plateada, y los ojos muy abiertos, con una expresión de incredulidad, sorpresa y decepción difícilmente explicables, que ni siquiera el enterrador pudo cerrar, que quedaron grabados con horror en la retina y la memoria de aquellos que lo vieron. Los otros dos hombres estaban muy malheridos, y gritaban y solicitaban favor y auxilio.
El aire hedía a pólvora, como cuando los chinos desplegaban su espectáculo pirotécnico, pero con el sabor especial que le da la muerte. Era el escenario tipo del que puede salir un héroe, un villano o una leyenda. Y al contar lo que sucedió la gente que lo vio, incluyendo algunas exageraciones, muchas bravatas, y al conocer que el causante de todo aquello era un conocido pistolero de la frontera, se tejió para siempre la leyenda del Flaco Jiménez.

Sin embargo, al otro lado de los bloques de edificios, la realidad se empeñaba en no ser tan novelesca. Parker y los otros buscaban e intentaban cazar al criminal que había perpetrado la terrible matanza de la calle principal. Éste había huido por la puerta trasera de la tienda de arreos para caballos por cuya ventana había entrado Bronson, dejando aquel cadáver como colgante. Iba ocultándose de sombra en sombra, de recoveco en recoveco, de escondrijo en escondrijo. Sujetaba con destreza su arma, apuntando en aquella dirección en la que preveía pudiese sobrevenir un peligro, avanzando con sumo cuidado. Alcanzó por fin un establo, y colándose entre el heno y los caballos, escogió el que creyó el mejor, el más fuerte y resistente, lo ensilló tan silenciosamente que nadie se percató de ello, y salió con mil precauciones a la calle. Poca gente había en ella, y sabía que eso era un terrible cuchillo de dos filos. Poca gente, menor posibilidad de ser visto y reconocido. Poca gente y aumenta la posibilidad de que alguien se fije en ti. Poca gente y aquellos tiradores tan buenos tendrían un excelente blanco sobre el que practicar. Avanzó al paso de callejuela en callejuela, hacia las afueras, y finalmente alcanzó el puente que atravesaba el barranco del sur. En previsión de posibles perseguidores, y para ponerles las más trabas posibles, bajó del caballo y rompió a patadas los suficientes tablones transversales del puente como para crear un agujero que ningún caballo pudiese saltar. Entonces se dio cuenta que una de las postas del disparo que el tipo de la escopeta del doce que acompañaba a Silver Kid lo había alcanzado en la cadera, en el lado izquierdo. Hasta entonces no había reparado en ello, con el fragor del tiroteo. Y como todos nosotros sabemos, fue entonces cuando le empezó a doler con saña, puesto que hasta que no nos vemos una herida parece no haber existido nunca, y por tanto no nos causa dolor alguno. Para colmo, uno de los agentes que se habían apostado para evitar que nadie saliera de la ciudad, reparó en él, y abrió fuego. Su disparo arrancó fragmentos de piedra del pretil del puente. Bronson montó trabajosamente en su caballo y partió a toda velocidad. Tras él, cundían las voces de alarma y se oyeron varios disparos. Cuando giraba su tronco para evaluar la amenaza que se cernía sobre él, la herida de la cadera le escoció como si se la lijasen, y cuando casi había alcanzado la cima de un cerro, un disparo le alcanzó en su hombro izquierdo. La bala le reventó el deltoides y le pulverizó la clavícula, quedándose alojada allí. Tuvo mucha suerte, puesto que no interesó ningún órgano vital. Pero tuvo más suerte aún de que el tirador no hubiese sido Parker. Otro quizás dijese que la muerte segura que ello suponía hubiese sido mejor que el pozo de dolor y agonía que lo esperaba al cabalgar herido de esa forma, perdiendo sangre que impregnaba su camisa y la pernera de su pantalón a toda velocidad, perseguido por una partida de hombres feroces, espoleados por el odio que la muerte de amigos suyos había inyectado en sus venas, y los hacía blasfemar juramentos llenos de venganza y rencor, dispuestos a acabar con él como con un perro rabioso. Pero no era así para Clint. Se aferraba a la silla de su montura y se recordaba a sí mismo que nuevamente había sobrevivido. Se recordaba a sí mismo la enorme cantidad de pistoleros a los que había visto morir, víctimas de la fama, en forma de un pistolero más rápido que acudió a retarlo, víctimas de una bala por la espalda, en forma de odio cobarde y sin duda, en su opinión, de algún descuido, o simplemente colgados en algún linchamiento o por algún crimen, lo hubiesen cometido o no. Los nombres que formaban parte ya de la leyenda del Far West, y cuyos huesos reposaban ya hace tiempo en el reino de Hades. Jesse James, Billy el Niño, Pat Garret, Sundance Kid y Butch Cassidy, Joshie Wales (aunque corría el rumor de que seguía vivo), Doc Holliday y tantos otros cuyas andanzas servían para aquellos folletines que tanto gustaban en Filadelfia, Boston, Nueva York y las otras grandes y remilgadas ciudades del Este. Él había matado a más cabrones que todos ellos juntos, y seguía vivo. A pesar de aquellas heridas, sobreviviría de nuevo. La enorme determinación que trabajaba a marchas forzadas en su interior era la que lo empujaba a olvidar el dolor, a pesar de que nunca hasta ahora había salido herido de un tiroteo, a dejar de darle importancia a sus problemas, a pesar de su gravedad, y pensar sólo en buscar soluciones. A pensar con calma y frialdad incluso en aquellos instantes extremos. Herido como estaba, sin vendajes que atenuaran sus hemorragias, duraría poco. Debía buscar un médico, aunque supusiese un gran riesgo o al menos alguien que le hiciera una cura de urgencia. Pero eso significaba pararse, y calculó que apenas llevase unas horas de ventaja sobre sus perseguidores. Eso también significaba que aunque no parase, un grupo siempre acabaría por darle caza. Pensó que debía ocultarse en algún lugar seguro, y tratar él mismo de vendar sus heridas. Pero eso significaba que tras seguir su rastro, sus perseguidores acabarían con él. Pensó una añagaza para burlarlos y de pronto se le ocurrió que el sitio donde menos buscarían sería en Kansas City. Si aprovechaba unas rocas que aparecieron a su derecha, saltaba sobre ellas y dejaba seguir a su caballo solo, seguramente vagaría por ahí en busca de agua y alimento ya que cuando lo cogió prestado le pareció el caballo de un forastero, y eso eliminaba las posibilidades de que volviese al establo donde lo robó, y eso mantendría ocupados a sus perseguidores. No recordaba que hubiera nadie en la partida suficientemente hábil como para diferenciar las huellas de un caballo cargado con su exiguo peso de las de un caballo solo, puesto que todos ellos serían ratas de esa gran ciudad llamada Kansas City. Después podría alcanzar la carretera oeste sin mucho esfuerzo y colarse en algún carro que se dirigiese a la ciudad. Seguro que entre la muchedumbre se ocultaría mejor, se haría invisible y tras dejar calmar la cosa unos días, y antes de que sus enemigos pudiesen barruntar donde se había ocultado, huir para desaparecer por completo, como el humo en el viento.