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Busco al Flaco Jiménez - dijo el hombre de negro mostrándole
el retrato bocetado del pasquín, a un anciano despreocupado.
- No sé con
. ¡Pero sí es Johnny el Seco! Valiente
cabrón, hijo de la gran puta. Hace mucho tiempo que no se le ve
el pelo. La mitad del pueblo daría dinero por ver sus vísceras
arrastradas por las calles, y la otra mitad le adora más que a
Jesucristo. ¿Comprende?
- Se armará entonces una guerra civil cada vez que viene aquí.
- No, porque la mitad que lo odia le tiene cien veces más miedo
que rencor. Y hacen bien. Por eso siguen vivos.
- La última vez que estuvo aquí mató a un tal Jerry
Maguire. ¿Lo conocía? - Dijo tendiéndole un billete
de 10 dólares.
- ¿Quién no conocía a Maguire? - dijo guardándose
el billete tan rápido, que parecía no haber existido nunca.
Mire por aquí, los dueños del almacén, de la herrería,
del saloon y del principal rancho, son muy amigos ¿comprende?.
Y tienen intereses comunes ¿Comprende? La mayoría de las
veces estos intereses no son los de la gente, los de la mayoría
de la gente. Precios más caros, peor calidad, más bajos
salarios ¿Comprende? Para evitarse problemas con la gente estos
amigos tenían a Maguire ¿Comprende? Si alguien protestaba
demasiado, o se mostraba en desacuerdo demasiado en público ¿Comprende?
Maguire llegaba y le convencía amablemente, cosa de unos dedos
rotos, que debería mostrarse más sumiso. Y aunque esto siempre
ha sido así y siempre lo será, a veces, cuando se aprieta
mucho, la gente no lo soporta más ¿Comprende? Y se enfada,
y reúne lo poco que tiene entre muchos y se lo da al Seco y este
viene a por Maguire y le fríe en menos que se persigna un cura
loco. Le digo que fue todo cuestión de oír el tintineo de
las espuelas mejicanas del Seco al entrar en el Saloon, hacerse el silencio,
sentir el estampido de la mirada del Seco al dueño del Saloon,
ver a Maguire levantarse de la mesa, ver, o intuir, al Seco disparar y
ver a Maguire caer con un torrente de sangre en el pecho. Le había
dado justo en el corazón ¿Comprende? Sin decir ni una jodida
palabra.
- ¿Y hace mucho tiempo de esto?
- El jueves pasado. Le diré que Maguire es el último de
una lista de cinco. Cinco empleados de los amigos de por aquí.
Así que el Seco es casi un vecino más, con lo que los amigos
poderosos están llenos de dudas, que si no volverá y los
dejará en paz, que si debieran plegarse a lo que dice la gente,
que si debieran contratar a alguien más rápido que el Seco
¿Comprende?
- Muchas gracias por su información, amigo.
- De nada - dijo el hombre dando golpecitos cariñosos al lugar
donde había guardado el billete.
El hombre de negro calculó que tardaría algún tiempo
en volver aquel tipejo por este infecto pueblo, para dejar calmar un poco
las cosas. Quizá volviese, pero creía que cinco hombres
eran suficientes para crear una duda de años en el cerebro de estúpidos
caciques de pueblo, con lo que el trabajo del Seco habría acabado
allí, y el Seco no aparecería por allí nunca jamás.
Al menos eso es lo que haría él mismo, y también
calculaba que su presa, como ya le habían dicho, se parecía
mucho a él. Debería seguir buscando, así que se montó
en su caballo y se dirigió a la salida del poblacho. Cuando estaba
ya en las últimas casas, sacó su fusil de la funda, apuntó,
disparó, y pensó que con diez dólares se podría
conseguir un gran funeral aquí.
El hombre de negro caminó despacio entre las chabolas de adobe
hasta dar con un edificio aún más desvencijado que los demás
y con unas letras rojas pálidas y resecas que decían "SHERIFF"
- ¿Cree que encontraremos algo aquí? - preguntó
el hombre rechoncho
El hombre de negro le dirigió una de sus sonrisas mucilaginosas,
y de un golpe entró en el edificio. Dentro había un hombre
de una cierta edad sentado detrás de una mesa que era pura termita.
- Busco a este hombre.- dijo mostrando su pasquín.
- Sí, el Seco. Precisamente esta orden de búsqueda la dicté
yo. - dijo dando unos golpecitos al papel. No ganará nada con este
asunto, amigo. Ya saldó esa cuenta.
- Cuénteme exactamente lo que ocurrió
- Verá, por aquí hay dos grandes terratenientes. Caballos,
vacas, acres por doquier. Uno es Don Juan, Juan Sánchez, y el otro
es el señor Walter Wilson. Llevan en guerra un par de décadas,
desde que se asentaron en el valle. La práctica totalidad de la
plata que se gana por aquí la pagan ellos. Pero hará dos
meses Wilson contrató un mal pájaro, un tal Zemeckis. En
mi opinión sólo era un sádico loco, y se le fue la
mano un par de veces. Como traca final a sus crueldades, mato al cuñado
de Sánchez, y a su hermana la violó en la plaza del pueblo,
a la vista de todos. Cuando Sánchez se presentó como un
poseído por Satanás, a medio vestir, con sólo un
rifle y sin sus hombres, Zemeckis lo baleó a placer, volándole
las rodillas y los hombros. Sánchez es uno de esos mejicanos con
casta, que empezó cuidando cabras y a conseguido todo lo que tiene
con sudor y esfuerzo propios, y lágrimas y sangre, generalmente
de sus enemigos, y se salvó por poco, porque había perdido
un cubo de sangre, pero agarrándose a su coraje, sobrevivió.
Y él siempre ha llevado como divisa el no te enfurezcas, véngate.
Dispuesto a que se cumpliera la ley no escrita de que si disparas a un
hombre, procura que éste muera, contrató al Seco. Llegó
en una semana o así, no me pregunte cómo contactó
con él. Atravesó el pueblo como una aparición, con
un caballo cubierto de sudor y costrones de polvo impregnado. Él
también llevaba un montón de polvo encima, y se fue derechito
a la cantina. Pidió una cerveza y un whisky. Preguntó por
Zemeckis. Zemeckis se levantó de una de las mesas del fondo, y
vomitó una risotada al ver a aquel tipo al que podía romper
el cuello de una bofetada.
- ¿Tú eres lo mejor que ha encontrado Sánchez?.
Y volvió a reír con estruendo, balanceándose hacia
atrás con los pulgares en el cinturón. Si, ahora lo sé,
fue un error. Entonces me pareció uno de esos preliminares que
achantan al contrincante, un truco. El Seco no perdió el tiempo
en preliminares estúpidos. Le puedo asegurar sobre una pila de
Biblias que Zemeckis era rápido, muy rápido. El Seco simplemente
cogió su Colt, no hizo nada eléctrico o explosivo, pero
llevaba una gran ventaja gracias a la estupidez del otro. Zemeckis sacó
de manera rapidísima, un movimiento que en cualquier otra ocasión
le habría dado la victoria segura, pero esta vez no le sirvió
de nada. Zemeckis había sacado ya cuando el Seco disparó,
pero madrecita mía, qué disparo. Cuando impactó sobre
el ojo izquierdo de Zemeckis sonó como una pedrada sobre un tejado,
y cayó chorreando sangre. Debatiéndose entre espasmos y
convulsiones, con los sesos sobre la cara junto con otros restos sanguinolentos.
El Seco amartilló de nuevo el arma y se aseguró que Zemeckis
estuviese bien muerto antes de malgastar una bala. Me miró, cortándome
como si fuera de cuchillo, y preguntó:
¿Es delito batirse en duelo en este pueblo, comisario? Yo contesté
que no. Él sólo dijo: Así me gusta, limpio y eficaz.
Santo y bueno.
Todos creíamos haber visto el capítulo final cuando se dirigió
a casa de Sánchez. Cobraría y se largaría. Pero aquello
sólo había comenzado. Levy, el capataz de Wilson, me contó
lo que ocurrió.
Estaban todos acostados, sin poder dormir por lo que había ocurrido,
cuando sonó un tableteo y los quinqués de la finca fueron
saltando en pedazos. Wilson intentaba organizar una defensa, pero de cuando
en cuando sonaba un disparo y un hombre más no contestaba a las
órdenes de Wilson, que intentaba vislumbrar algo en aquella maldita
boca de lobo. Levy vio las cosas muy mal, y decidió esconderse
en un armario, intentando evitar la matanza que estaba teniendo lugar.
La fortuna quiso que fuera el propio Wilson el que buscara refugio en
aquella habitación. Aferrándose a su fusil como a la vida,
vació sus cartuchos uno tras otro contra el umbral de la puerta,
puesto que siempre que disparaba todo el mundo, y desde luego el propio
Levy, habría jurado ver la sombra alargada de puto ciprés
que tiene el Seco entrando a la habitación. Pero sólo se
oyó el tintineo de sus espuelas y se vio la aparición fantasmagórica
del Seco cuando Wilson agotó toda su munición. Wilson ofreció
el doble, el triple de lo que hubiese pagado Sánchez. El Seco sonrió
con ese tajo que tiene en la cara por boca, aceró un poco más
sus ojos grises y comentó que él tenía por bandera
acabar siempre en el bando que empezaba. Lo acribilló como a una
alimaña. Cuando Levy me hizo este relato al día siguiente,
dicté busca y captura. Se editaron pasquines y se ofrecieron 3000
$ por él. Se asombraría de los pocos cazarrecompensas que
acudieron, en comparación con lo que suele ocurrir en estos casos.
Y todo para que se alojara sin ningún secreto en casa de Walter
Valderrama, el cabrero. Cuando fui a detenerlo, ofreció las muñecas
sin ninguna resistencia. Y yo que no había dormido pensando que
sería el último día de mi vida. En dos días
llegó el Marshall y el Juez. Y una treintena de hombres de este
pueblo aseguró que el hombre conocido como el Seco, estuvo en la
cantina aquella noche hasta mucho después que hubiese ocurrido
la escabechina en la casa de Wilson. El Marshall, yo, y otro montón
de gente sabemos que era una sucia mentira, y les amenazamos con encerrarles
por perjurio. No sirvió de nada. La plata de Sánchez y el
miedo al Seco eran mucho más fuertes. Y supongo que Sánchez
también se ocupó del jurado. A la vista de que no había
pruebas contra el Seco, y que éste tenía una sólida
coartada, lo declaró no culpable. El Juez no tuvo más remedio
que certificar la sentencia. El Seco salió por esa puerta una mañana
soleada, se estiró, y montó en su caballo para no volver.
Por eso no hay recompensa por él. Y por eso ha perdido usted el
tiempo.
- No lo crea. - dijo el hombre de negro, y saliendo al sol abrasador
estuvo seguro de conocer algo más a su presa, y por lo tanto la
manera de cazarla.
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