relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre de negro descabalgó, seguido por su sombra rechoncha y con anteojos. Odiaba aquel maldito calor tejano, odiaba aquellos estúpidos uniformados y odiaba el tiempo que estaba dedicando a este asunto. Demasiado tiempo.
Se identificó como agente de la Pinkerton y penetró en las amplias oficinas.

- Busco a este hombre. - dijo mostrando su pasquín al oficial de guardia.
- ¿Quién es usted?

Le arrojó con estudiado desprecio su identificación sobre la mesa. El oficial la estudió durante unos segundos y después habló.

- Estuvo aquí hace tres días. Llegó con un caballo herido, compró el mejor potro que teníamos y se marchó. Dijo haber tenido un encuentro con un grupo de jóvenes comanches. ¿Que ha hecho esta vez?

- ¿Esta vez? ¿Suele tener problemas con la ley?

- Verá, en este despacho han entrado un Marshall federal, uno de esos recién creados Rangers, incontables sheriffs, e incluso un coronel de los rurales mejicanos preguntando por ese cabrón. Le diré una cosa: Sea lo que sea lo que haya hecho, no lo encerrará. Se le escurrirá entre los dedos con diez testigos pagados, o con otros demasiado aterrorizados, puede que incluso algún poderoso le esté tan agradecido que lo sacará del apuro, créame. La prueba la tiene en la innumerable lista de cadáveres que deja tras de sí y jamás ha cumplido condena, ni siquiera una multa.

- Esta vez yo le traigo una buena noticia: Ha heredado.

El oficial le miró de arriba abajo.

- Sí, ya, claro.
- ¿No dijo cual era su destino?
- No. No quiso soltar prenda. Aquí en Fort Davis estamos obligados a hacer un asiento de los civiles que entran y que salen, como ya habrá podido comprobar, pero el Seco siempre da destinos absurdos. Si le sirve de ayuda, habló con uno de nuestros exploradores apaches, Lobo Dorado.
- Si, gracias, creo que me servirá de ayuda. Adiós, buenas tardes.

Maldita sea, odiaba aquellos sarnosos pieles rojas. No sabía si conseguiría interrogarlo sin descerrejarle un tiro. Aunque aquel jodido lugar no fuese el más adecuado. Cruzó el patio hasta el barracón que le había indicado el oficial, y encontró al apache que buscaba. Casi sentía nauseas de ver su pelo piojoso y su piel cobriza y curtida.

- ¿Eres tu Lobo Dorado?

El indio asintió con un gesto frío.

- ¿Que hablaste con el Seco hace dos días?
- Quería saber cuanto tiempo guardan comanches luto por sus muertos.
- No bromees, ¿De qué hablasteis? - dijo alzando la voz y apretando sus puños enguantados.
El apache puso cara de no entender nada, y repitió:
- Quería saber luto para cuanto tiempo el tener sin ser atacado.
El hombre de negro meneó la cabeza y emitiendo un chasquido pensó en lo astuto hijo de perra que era aquel cabrón.
- ¿Hacia donde se dirige? - restalló con violencia.
- Primero sur, es sólo rodeo, luego sólo el viento saber - dijo el impasible apache.
- No juegues conmigo, salvaje ¿A donde? - dijo golpeando la pared.
- No saber - dijo el totémico apache - Si querer saber algo que nadie puede saber, fuera del fuerte hombre medicina vende hierbas. Pregunta a él.

El hombre de negro pensó que quizás le estuviese dando un mensaje cifrado. Salió del lugar y cubrió a grandes zancadas la distancia que lo separaba de la puerta. Tras un par de indispensables preguntas, llegó a la zona donde se hacinaban las diferentes etnias indias que en un acre escaso de terreno disfrutaban de la civilización y modernidad del hombre blanco. Había varias tribus apaches y también algunos yaquis venidos de Méjico que habían dejado atrás su antigua vida de guerreros en el caso de los apaches y de pacíficos granjeros en el caso de los yaquis. Ningún comanche. Ningún mezcalero. Los viejos odios y rencores no los puede curar ni siquiera la poderosa medicina del hombre blanco.
El hombre de negro encontró su destino en una especie de tienda de campaña de aspecto pútrido y humeante en cuyas paredes externas se secaban extrañas hierbas y cactos. Ahogando una arcada, apartó las malolientes pieles de la puerta y entró en una atmósfera cargada y que hacía lloriquear sus ojos y henchirse burbujeantes las aletas de su nariz. No parecía haber nadie en aquella semioscuridad casi de templo, pero cuando se le acostumbró la vista y parpadeó un par de veces, descubrió a un anciano vestido con un blusón bordado y abundantes collares de cuentas vistosas y conchas extrañas, que estaba ocupado en espolvorear algo sobre un brasero y canturreaba una especie de antiquísimo salmo.

- Me envía Lobo Dorado- escupió el hombre de negro a modo de tarjeta de visita.

El anciano no pareció notar su presencia, porque continuó con su canturreo anodino y rutinario. El hombre de negro dio dos zancadas, agarró por los collares al anciano y lo sacudió un par de veces mientras gritaba amenazante en su oído:

- Busco al Seco, maldito viejo.

Los ojos negros y pulidos del anciano le atravesaron como si las duras facciones del hombre de negro fuesen un diáfano cristal.

- La maldad siempre busca a la maldad, la sangre a la sangre, la desolación a la desolación, la muerte a la muerte. Pues así conocen los chiricauas a quien tú buscas, Nekihta-Paue, la muerte que camina. Todos los hombres tienen su animal, la huella que la Naturaleza deja en ellos como el búfalo en la pradera, como el puma en la piel del ciervo. Algunos afortunados lo encuentran en una Visión a medio camino entre este mundo y el otro. Refleja como es el interior de los hombres como la luna se refleja en los torrentes, como es su camino de vida y como será su camino de muerte. Yo he intentado ver su animal como ahora veo a tu serpiente. Pero sólo he visto el desierto. No acierto a comprender la causa, pero cualquiera que haya sido, no es de este mundo. Ni lo más atroz hubiera conseguido crear ese espíritu atormentado, encallecido y asolado. Desierto. Desesperación. Destrucción. Desolación. Terror. Pánico. Ahora oigo los gritos de un niño, la rabia impotente de alguna víctima. Muerte. Los jóvenes e inconscientes bravos vienen a mí para que les purifique en el combate contra él. Los pocos que lo sobreviven me confirman que vieron la reseca y marfileña muerte en sus ojos grises como cielo de tornado, como si hubieran mirado el horizonte en un desierto sin agua. Por eso le evitan. Dicen que no es de este mundo, que Nekihta-Paue ha venido al mundo para castigar al apache por no seguir sus tradiciones, que no se irá hasta haber bebido cientos de almas. Por eso hacen fiesta cuando atraviesa territorio comanche. Porque él es implacable con sus enemigos. De nada sirven valor y honor contra él. Por eso los jóvenes que le sobreviven reclaman la doble marca roja en sus flechas en señal de valor. Sé de un jefe que le ofreció metal amarillo por acabar con su jefe rival Doble Ciervo. Él contestó que lo que estaba haciendo, además de comprar sus armas, era vender su propio honor. Y que un apache sin honor no era persona de fiar.

- Se cagó. - Interrumpió el hombre de negro. Matar a un jefe apache, en medio de su tribu. Eso es imposible. Puso una excusa bonita.

El anciano chamán le miro desorientado por la palabra cagó. Pero al punto lo comprendió continuo con su disertación.

- Sin embargo, cuando el jefe de los cuchillos largos le encargó la misma misión, no dudó en aceptarla. Aprovechó el Chap-ti-tep-ki, la fiesta de la caza durante la cual los jóvenes se convierten en hombres, y el jefe les entrega sus armas que se celebra en un promontorio a un lado de un desfiladero, para abatirlo desde el otro lado del desfiladero con un solo disparo. Escapó de toda la tribu como el agua de un torrente escapa de tus manos.

- Le diré una cosa, viejo. Quiero que me diga donde está ahora, o hacia donde se dirige. Y déjese de poesías o me haré una funda para el revólver con tu piel.

El anciano echó la cabeza hacia atrás, dejando que su larga y argéntea cabellera se derramara suave desde sus hombros. Entonces empezó a emitir un extraño y ronco sonido, que el hombre de negro pensó que jamás podría salir de una garganta humana, continuo, infinito, tenebroso. Cuando levantó la cabeza, tenía los ojos en blanco y cayó de rodillas en un profundo trance. Después recitó:

- Dicen que su nombre es muerte, y que atraviesa las tierras llevando tristeza y tragedia, el llanto y la ira, la sangre y el odio. Noto su gélido tránsito hacia el sur, y veo el fin de la vida en el fin de su camino, allá donde se cruzan los caminos, las naciones, los hombres…

El anciano tosió, y comenzó a jadear como un potro, agotado. El hombre de negro recapacitó durante unos instantes, y creyó haber comprendido aquellas palabras. Salió a toda prisa de la tienda, y vomito detrás de una pila de leña. Tras unos instantes en que esperó a recuperarse, recogió a su rechoncho compañero, y se dirigieron hacia sus caballos, frente a las oficinas. Cuando estaban cogiendo las riendas y subiendo en las sillas, el oficial de guardia atravesó el umbral de la puerta y les advirtió:

- Oigan. Ya sé que la Pinkerton sólo contrata a los mejores. Pero de todas maneras, tengan cuidado ahí afuera.


- Un telegrama para usted, señor. - Dijo el asustado mozalbete.
- ¿Telegrama?
- Sí, señor. De Boston.
- ¿De Boston? - Un extraño escalofrío le hizo presentir lo peor.
- Sí.
- Retírate.

Cuando leyó el telegrama sus peores pesadillas se hicieron realidad. ¿A quién demonios le había pagado 500 dólares y prometido 2500 más por la cabeza de ese hijo de la gran puta?
"Sentimos no poder enviar a nadie tan lejos. Stop. Agradecemos su disposición y su generoso donativo inicial. Stop. Pinkerton."

- Vamos a la oficina de telégrafos. Ya. - Gritó a sus subordinados.

"Tengo aquí un hombre que dice ser subordinado suyo. Stop. Alto, delgado, moreno, vestido de negro, bigote fino. Stop. Acompañado por hombre gordo, chaparro, rubio sucio, con anteojos. Stop. Ambos con Derringer del 45. Stop. Exijo explicación inmediata. No importa extensión telegrama ni precio. Stop. Cobro revertido. McGuinty, Tejas"

- ¿Cuándo llegará?
- Hoy a última hora, quizás mañana.
- Si quiere conservar su empleo y su puerca vida, se ocupará exclusivamente de que éste telegrama llegue en el mínimo tiempo posible.

Antes de salir por la puerta le chilló al asustado empleadillo a modo de despedida:

- Y espero respuesta. Avíseme también en el mínimo tiempo posible. Pago bien. Pero castigo mejor.

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